miércoles, diciembre 05, 2007

CUENTO DE MARICOMPLEJO

Había un enano, medio calvete, de tez amarillenta y uña larga en el meñique con ribetes negros, de un olor sospechoso, como abono, que crecían extraños hongos por su derredor...

- ¿Y cómo sabía…?

El olor, querido amigo, que era de presente de indicativo. Hago foto, tú que entiendes. El Gran Visir Iznogud sin atalajes.

Debo añadir que era de los de hombro nevado, que su pelo, aunque escaso, era de larga producción. Era fin, como decir, tan… característico, que había de coimas que rechazaban el óbolo, pues aun teníanse por dignas.

Y como era diestro el muchacho y a falta de ajenos alivios, era del ipsatorio acto maestro, lo que le había proporcionado un asimétrico desarrollo, vistoso por lo flacucho del conjunto, y una erupción volcánica en la cara, las debilidades, que dirían.

- ¿Y cuál era su nombre, cuál su divisa, que dejas la cuita en mi pecho como un cuchillo clavada. Dilo ya, ¿quién coño es ése?, y aquí no ha pasado nada.

Al hablarme de divisa, amable amigo, me has remontado, por lo onírico, al bravío bóvido hispano. Demasiada su nobleza si divisa le supones.


- Pues aquí, por estos pagos, casi todos penachean, que al viento llevan penacho de la divisa clavado, y en el morrillo carnoso muestran orgulloso su origen, su Otrosí, su ganado, que a los toros solitarios casi todos los cocean, sean Tirios o Troyanos.

No me distraigas con ésa, que la mía es otra historia. Te decía, que como era de natural medroso, condición de su figura, no era de los que de frente prefieren la acometida, y sus formas son aviesas y felón su comportamiento. Es dado a hablar por los adentros, como huyendo, por su natural ciclán, del campo abierto. No se le conocen consejas ni proclamas que desentrañar hubiera, por su sesera no destripar, no fuera que, al desnudo, su fealdad mostrara, y prefiere mismamente el embozo o el disfraz, que más fácil se acomete sin que los flancos se aireen a las saetas del enemigo.

- ¿A ese ser cetrino y un punto espeso acompaña, por hábito de lazarillo, un ejemplar de albóndiga en su punto con grumos sebosos a modo de mejillas y pico empiñonado cual pinzón mariscador?. ¿Acaso el Señor Burns, el jefe de Homer Simpson?

Búsquenlo más cerca, que es de esta vecindad.

- ¿Tiene cara granujienta?

Interesante, que a la par que granos sugiere, ademán pillastre avisa.

Vean Vuesas Caridades la figura del cizañero que ya de antaño dueñas contaran. Hombre de enjutas carnes y de natural aniñado por la poca afición a la lid del caballero. De añagaza y retortero, porque al no tener media oblea, no es de suyo el avisar. Por su menguado viril, no de mucho femenino se acompaña, por lo que tiende al abuso del alivio manual, por su deleite, y de mano encallecida por aquello del folgamiento. Observen al tiempo cómo es de longevo, que más no los haya, por su natural querencia al resguardo de las tablas, donde saca el verduguillo sin exponer.

- ¿Enriquito Sopenita?

Pudiera ser, y uña larga con postre sugiere. Mas no, que más se acerca.
- Déjeme adivinar ¡¡¡¡El inefable Rubalcaba!!!!. Además, le huele el aliento y no se cambia la ropa interior, según sus próximos. Gobierno de España.


Las mismas hechuras tiene. Incluso jiba le asoma. Mas no.

Diré algo más, por terminar: Echa de bares pero no cuenta con los parroquianos, y eso siempre es mal negocio, y hasta peligroso, y más si no eres el dueño del bar, que no pasas de ser el escobero de entre las mesas.

- El detalle de la uña me despista, pues desconozco si la gasta larga o corta, pero trae evocaciones al Bachiller o al gran Pepino.

La uña no la veo, que la adivino por sus ademanes. Pero a fe que está. Y en cuanto a lo de Pepino, el Blanco expone, que da la cara lunes y martes con micros y afotos. Éste empero va de un -chisst- y por los adentros se recrea sin que se le conozca mucho más que por sus silencios, que hay quien con inteligencias confunde.

Díganme si no acierto.

- Pues colorín colorao, este cuento s´acabao.

Deje Su Señoría que sea el autor quien ponga el End. A lo sumo, daremos el prefacio por concluido. Sea.





Tales eran sus silencios, por la falta de apreturas, que como hijuelas le eran de acompañar, (por aquello de la redención de pasados incorrectos, según las modas que se nos venían), unos cuantos, que así decíanse modernos, pues con el rojo eran de conversar. Débanse pote y, como el pavo, abrían sus plumas multicolores que les engrandecían, pensaban, por su amplioo contingente de amistades, incluso mucho más allá que los pobres parroquianos, sus vecinos al fin, que no salían de su villorrio para las conversas y el vino a compartir. Y así se las daban de mundo, y miraban desde su otero a los villanos tan bajos que de cuitas no encontraban para merendarse con el personaje tan negramente ungulado.

Y fueron pasando los tiempos, y de cobres alfombrábanse las trochas, y de risas las jácaras en torno al que ya por jácaro se tenía, y eran largos los vinos y los afeites, y su cuenta de dineros prosperaba.

Y una vez rico el mastuerzo, repletas de plata sus sacas, advirtieron los hijos del pueblo que de lejos se venían con la ofensa preparada. Y querían tirarlos de en medio, y estaban por sus lanzamientos, mas ello no era posible que estaban bien enraizados por oscuros capitales. ¿De dónde venían – cuitaban – tantas fuerzas, tanto arrastre que no podemos tirarlos por más que se nos desaten?.

Y seguían riendo las gracias al mismo de la uña larga.

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