jueves, febrero 28, 2008

CORDÀ

Ni poco ni mucho. Ahí que me andaba yo, como un flan, qué miedo por Dios, a pasar aquel fin de semana, mi primer fin de semana, en casa de mi novia, que eran las fiestas del pueblo.

Ya conocía al personal, pero aquello tenía lo suyo, que ya era de colchón, en la habitación de su hermano, que eran épocas de menos modernismos, y aun dentro de la mayor cordialidad de la familia de la parte contratante, sentirse observado 25 sobre 24 era para un glubs.
De modo que llegado el viernes de San Miguel, ése que en el pueblo se aprovecha para la vuelta, para el reencuentro, con las mejores galas, el atasco, el derroche, el despiporren, se aprovechó para colarme como un forastero más entre tantos, aun midiendo casi dos metros, y pasar así con menos apreturas el Rubicón del ojo de la Consuelo, que en la esquina pasa revista diaria de los acaeceres de la rúa.
Pasacalle, imagen del patrono arriba y abajo, castillo de fuegos... iba goteando implacable la clepsidra... verbena en la plaza, besito furtivo... y el Valencia, que marca el hasta aquí de una sudorosa orquesta que sobre las 4 nos dice que ya está bien.

Ni mucho ni poco. Yo venía de donde no era costumbre, mas donde fueres...

Mi "papá", venía advertido, era aficionado. Y mi "cuñado" también. Y todos los de la panda. Y además médico, por lo que su casa se convertía en una especie de botiquín para los soldados del evento.
Casi vencido por el sueño, mis ojos hacían chiribitas sólo de pensar en la proximidad de la cama, en un inconsciente - ¿o era consciente? - intento por eludir el trago.
Y allí, en una noche calurosa de agosto, a las tantas de la madrugada, y ante la mirada arrobada de ella, oh ella, que me embutía en toda suerte de rebozos por si las chispas: guantes, monos, gorros, calzado militar, que uno no sabía si lo del sudor era por los miedos o por lo otro.
Trueno.
Y allá que nos vamos.

La plaza era un ruidoso desfile de modelos entre jocoso y atrabiliario, que si no fuera por la chanza ... .
De lo que fue escenario de las músicas queda solo desnudo el tablado, ahora ocupado por los que citan, borrachuzos, al toro de fuego. Tras ellos la carretera, y al fondo la cuesta donde, a resguardo – eso creen – se arremolinan los que han tenido estómago para tanto trasnochar.
Y yo en medio, que hay que marcar paquete, y territorio.
Primera docena. Bien. Apenas una finta.
Segunda. Carreras intentando alcanzar a los medrosos del más allá, cada vez menos confianzudos.
Primer viaje de "papá" acompañando a alguien por un percance.
Ráfagas de fuego, llevar la cuenta hasta el estampido. Olor a pólvora, adrenalina.
Le voy cogiendo el gusto.
Tercera, cuarta, quinta.
Se me ha puesto cara de diana, que van a por mí. Creo que ya he cumplido, será mejor volver, qué calor...
Y es entonces cuando huele a pollo, y soy yo, que haciendo como que iba a por los de la cuesta ha girado sobre sus pasos y enfocado la ráfaga al pantalón, que atraviesa, y los calzones, que lo mismo, y siento la quemazón.

Qué mejor final de fiesta que en pompa enseñar el tafanario a "papá". Tras estas intimidades, me dije, no tengo otra que el casorio.

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